Esfinge en Menfis
Pirámide escalonada y recinto funerario de Zoser en Sakara
Pirámides
Templo de Nefertari
Escoltando a Orus en el templo de Edfú
Templo de Hator en Dendera
Visita nocturna al templo de Sobek en Kom Ombo
Disfrutando en la piscina del barco
Saltando al Nilo desde la barcaza que nos llevaba al poblado nubio
Belleza nubia
Uno de mis mayores sueños, allá por los años de mi juventud, cuando estudiaba en el Instituto Martí i Franqués de Tarragona, era poder visitar Egipto. Lo veía como algo lejano, misterioso, inaccesible. Por ello, durante los recreos y otros ratos libre, iba a la biblioteca para buscar libros que hablasen de aquel país y sacaba notas sobre su historia, sus faraones. Años después pude hacer realidad mi sueño, una, dos, tres veces. Posiblemente haya una cuarta, una quinta, no se cuantas veces más, porque lo cierto es que el perfume de aquel país, lo exótico de sus olores, me embriagó para siempre. Karnak, Luxor, Edfú, Kom Ombo, el Valle de los Reyes, Medinet Habu, Filae, Abu Simbel, Dendera, Giza, Sakara, Menfis, y otros muchos, además del destartalado pero siempre apasionante Museo del Cairo, donde los ojos son incapaces de asimilar todo lo allí expuesto, fueron centros de nuestra atención. Decían los antiguos que un baño en el Nilo servía para regenerar al faraón. Después de haberlo probado, allá por la primera catarata, cerca del poblado nubio, donde las arenas del desierto se funden con sus aguas en suaves playas, siento que una fuerza de milenios ha traspasado mi piel. Egipto es mágico, misterioso, embriagador. Un droga que no puedo ni quiero evitar. Egipto, siempre Egipto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario